Una cosa que no podemos negar (aunque nos duela) es que el Perú es tierra promisoria para los corruptos, los fanfarrones y aquellos con el talento para ganarse el pan con el sudor de otras frentes.
No hay duda cuando se dice que el 80% o más de los presidentes que alguna vez gobernaron la República de Perú (considerando que el 95% de estos gobiernos fueron dictaduras militares) terminaron sucumbiendo a las tentaciones del poder y es por ello que cometieron diversas variedades de actos delictivos. El delito más común, popular y redituable que ha perpetrado tradicionalmente el funcionario corrupto es el apropiamiento de sumas de dinero que suelen transformarlo en un potencial "nuevo rico" que podrá, por lo menos, afrontar el destino desde una posición económicamente más holgada. Pero enriquecerse con los dineros públicos no siempre es tan sencillo, pues a veces el corrupto angurriento se encuentra con obstáculos en el camino.
Si el postulante a corrupto descubre que su conciencia, merced a una formación en valores morales sólidos, es el principal escollo que le impide dar rienda suelta a sus instintos, entonces sus posibilidades de concretar el latrocinio están condenadas al fracaso. Sin embargo, si no hay conciencia limpia y más bien el impedimento está encarnado en una o más personas que funjen de Pepe Grillo o de controladores, el corrupto puede llegar hasta el asesinato para sacarlos del camino sin más ni más. Ejemplos de eso hay muchos en nuestra historia.
Hay muchos que suponen que al estar tan arraigados en nuestra sociedad los complejos raciales (o "étnicos" como dirían los hipócritas que de alguna forma quieren disfrazar su racismo), lo que muchos peruanos buscan es alcanzar el ideal de que el dinero los "blanquee" un poco, es decir, que les compre algo de admiración y respeto, así que no importa cómo, lo que interesa es llegar a la meta de ser parte de la "gente bonita" o mantenerse en ese nivel de importancia social si es que se está arriba con apellidos rimbombantes, pero el dinero empieza a escasear.
Y es que no se puede vivir del aplauso, hay que comprarlo de alguna forma.
Y allí estamos, en una eterna búsqueda del confort a cualquier precio. Mientras más alto se asciende, más es lo que se necesita o se vuelve vital o urgente.
Y nuestros gobernantes parecen que no tienen límites en sus necesidades. El que llega arriba tiene que seguir la tradición histórica y abusar del alguna forma, ya sea por la prepotencia o por el hurto, los cuales pueden ser soslayados si es que se hace algún tipo de acción que luego sea reconocida. "Robó, es cierto, pero lo importante es que hizo obra", es lo que comunmente el ciudadano promedio, resignado a su suerte, dice sobre los gobernantes que considera más destacados.
Pero hay algunos que sucumben a la corrupción del poder o del dinero y a lo único que se dedican es a fastidiarle la existencia a todos a su alrededor. Más o menos así fue nuestro actual presidente, don Alan García Pérez, cuando nos gobernó por primera vez. Así han sido varios de nuestros gobernantes a través de la historia y tal vez mañana así sean otros. Claro, hay excepciones, pero esos son aquellos que no respetan la tradición vocacional por el robo, la metida de uña, el comechadismo, la sobonería, el encubrimiento y todo aquello que hace de la corrupción algo que le da distinción al que "la sabe hacer" o que marca "al que se dejó agarrar".
El vivo vive del sonzo y el sonzo de su trabajo.
Y como así son las cosas, es hora de darle un vistazo a la actualidad y ver cómo la corrupción se mantiene vigente en nuestro país, siguiendo una tradición republicana que nos distingue y que posiblemente tendríamos que respetar, a menos que algún día llegue alguien con pantalones y haga una poda de parásitos en las esferas altas del poder y convierta al Perú en un país verdadero, que para esto dejaría de ser la chacra de una pandilla de pendejos que siempre se la han llevado fácil y no van a soltar la mamadera así como así.
No hay duda cuando se dice que el 80% o más de los presidentes que alguna vez gobernaron la República de Perú (considerando que el 95% de estos gobiernos fueron dictaduras militares) terminaron sucumbiendo a las tentaciones del poder y es por ello que cometieron diversas variedades de actos delictivos. El delito más común, popular y redituable que ha perpetrado tradicionalmente el funcionario corrupto es el apropiamiento de sumas de dinero que suelen transformarlo en un potencial "nuevo rico" que podrá, por lo menos, afrontar el destino desde una posición económicamente más holgada. Pero enriquecerse con los dineros públicos no siempre es tan sencillo, pues a veces el corrupto angurriento se encuentra con obstáculos en el camino.
Si el postulante a corrupto descubre que su conciencia, merced a una formación en valores morales sólidos, es el principal escollo que le impide dar rienda suelta a sus instintos, entonces sus posibilidades de concretar el latrocinio están condenadas al fracaso. Sin embargo, si no hay conciencia limpia y más bien el impedimento está encarnado en una o más personas que funjen de Pepe Grillo o de controladores, el corrupto puede llegar hasta el asesinato para sacarlos del camino sin más ni más. Ejemplos de eso hay muchos en nuestra historia.
Hay muchos que suponen que al estar tan arraigados en nuestra sociedad los complejos raciales (o "étnicos" como dirían los hipócritas que de alguna forma quieren disfrazar su racismo), lo que muchos peruanos buscan es alcanzar el ideal de que el dinero los "blanquee" un poco, es decir, que les compre algo de admiración y respeto, así que no importa cómo, lo que interesa es llegar a la meta de ser parte de la "gente bonita" o mantenerse en ese nivel de importancia social si es que se está arriba con apellidos rimbombantes, pero el dinero empieza a escasear.
Y es que no se puede vivir del aplauso, hay que comprarlo de alguna forma.
Y allí estamos, en una eterna búsqueda del confort a cualquier precio. Mientras más alto se asciende, más es lo que se necesita o se vuelve vital o urgente.
Y nuestros gobernantes parecen que no tienen límites en sus necesidades. El que llega arriba tiene que seguir la tradición histórica y abusar del alguna forma, ya sea por la prepotencia o por el hurto, los cuales pueden ser soslayados si es que se hace algún tipo de acción que luego sea reconocida. "Robó, es cierto, pero lo importante es que hizo obra", es lo que comunmente el ciudadano promedio, resignado a su suerte, dice sobre los gobernantes que considera más destacados.
Pero hay algunos que sucumben a la corrupción del poder o del dinero y a lo único que se dedican es a fastidiarle la existencia a todos a su alrededor. Más o menos así fue nuestro actual presidente, don Alan García Pérez, cuando nos gobernó por primera vez. Así han sido varios de nuestros gobernantes a través de la historia y tal vez mañana así sean otros. Claro, hay excepciones, pero esos son aquellos que no respetan la tradición vocacional por el robo, la metida de uña, el comechadismo, la sobonería, el encubrimiento y todo aquello que hace de la corrupción algo que le da distinción al que "la sabe hacer" o que marca "al que se dejó agarrar".
El vivo vive del sonzo y el sonzo de su trabajo.
Y como así son las cosas, es hora de darle un vistazo a la actualidad y ver cómo la corrupción se mantiene vigente en nuestro país, siguiendo una tradición republicana que nos distingue y que posiblemente tendríamos que respetar, a menos que algún día llegue alguien con pantalones y haga una poda de parásitos en las esferas altas del poder y convierta al Perú en un país verdadero, que para esto dejaría de ser la chacra de una pandilla de pendejos que siempre se la han llevado fácil y no van a soltar la mamadera así como así.


1 comentarios:
Hola amigo, te felicito por tu blog soy una admiradora del periodismo que practica César Hildebrandt transparente y analitico. Te invito a visitar comunidadcptsa.blogspot.com
trabajadores y extrabajadores de lo que fue la CPTSA nos estafamos entre nosotros, un mundo pequeño que refleja lo que pasa en nuestro pais.
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